La ciudad radiante

La utopía, “no-lugar” en su significado etimológico, encuentra en la ciudad el espacio por antonomasia donde llevar a cabo la construcción de ese Estado ideal al que aspira, haciendo de la arquitectura y el urbanismo sus campos de actuación predilectos.

Conscientes del poder que tiene sobre la sociedad la estructura material que la cobija, la búsqueda de la ciudad ideal ha ocupado a artistas e intelectuales, desde la República platónica y la isla de Utopía de Tomás Moro (1516) hasta los proyectos comunitarios de los socialistas utópicos.

Con la celebración de los avances de la tecnología, los constructores de la nueva era que se abría tras la posguerra apostaron por una producción mecanizada, funcional y en serie, sueño modernista de felicidad universal que encarnó como nadie Le Corbusier, profeta de ese “espíritu nuevo”.

Su ciudad radiante, que acogería una comunidad purificada, estandarizada y racional, alojada en una “máquina para habitar” organizada según reglas de armonía universal, omitió el caos y la pluralidad inherentes a la ciudad.

Dejando una impresión más bien distópica y totalitaria, su modelo ha sido ampliamente contestado por artistas y arquitectos que han privilegiado la diversidad y la libertad individual.