El final de las ilusiones

En la otra cara de la moneda nos encontramos con una realidad completamente distópica. Tras la catástrofe de las dos guerras mundiales, la instauración de los regímenes totalitarios que recorrieron todo el siglo XX y la aberración en que se transformó el ideal comunista, las promesas de libertad, igualdad y fraternidad que habían impulsado las vanguardias de preguerra se desvanecieron.

Los artistas no se presentaban ya como héroes, sino como víctimas de la Historia. Con la desaparición de las aspiraciones revolucionarias surgieron el desencanto y una desconfianza hacia la esperanza utópica de transformación social, que demostrarían que un único modelo de ambiciones universales, por muy ideal que pudiera parecer, no podía responder a la diversidad que ofrecía la realidad.

Como consecuencia, la sumisión del arte al discurso oficial de los Estados -cada vez más centralizados- y la persecución de los artistas que actuaban al margen de la orientación cultural del poder, junto con acontecimientos como el cierre de la Bauhaus, la exposición de arte degenerado de Múnich de 1937 o la proclamación del realismo socialista como único estilo artístico tolerable acabaron con toda experimentación formal, en esta época marcada por el fin de la modernidad artística.