La gran utopía

Con la llegada del siglo XX se abría un nuevo capítulo en la historia de la Humanidad, que dejaba atrás las sombras del pasado y miraba con optimismo y esperanza al futuro. Las antiguas desigualdades sociales y la decadencia que había desgastado al siglo anterior motivaron una acogida entusiasta de los ideales revolucionarios, que fueron entendidos como una promesa de perfección social en un mundo nuevo y mejor.

La Revolución Rusa de 1917, la Primera Guerra Mundial, el auge de los nacionalismos y de los totalitarismos europeos o la Guerra Civil española marcaron aquellos tiempos de renovación, de los que los artistas de vanguardia se convirtieron en profetas.

La romántica reivindicación de autonomía del artista moderno, al margen de la sociedad, dio paso a un compromiso civil y político, especialmente fuerte en una época en que la relación tan directa entre arte y poder impuso la creación artística como instrumento de propaganda.

En el seno de los debates entre realismo, surrealismo y abstracción, ante el dilema entre expresión individual y contribución a la causa, los artistas acabaron proclamando una síntesis de arte y vida: fuerzas opuestas pero en total equilibrio, y al servicio, ante todo, de la revolución del espíritu.