La escena se abre como un territorio en tensión: cuerpo y voz frente a frente, respirándose, midiéndose, convocando una memoria común. En esta performance, el bailaor y coreógrafo David Coria y el cantaor David Lagos despliegan un diálogo radical entre movimiento y cante, donde el flamenco no es género cerrado, sino materia viva en transformación.